Tras unos años vuelvo a leer este librito de Victor Hugo, El último día de un condenado a muerte, escrito en 1829.

Sin ninguna demostración lógica sino utilizando la forma de la narración existencial, el protagonista de este diario nos pone delante al sinsentido de la pena de muerte.

Bastaría con mirar para entender que el asesinato “legal” de alguien es un abuso humano y de la razón. No me sorprende, por tanto, que la pena de muerte siga practicándose en aquellos países donde la razón y el sentido de lo humano están todavía en pañales. Sin embargo, el hecho de que se acepte la pena de muerte en aquellas naciones que se proclaman paladinas de la libertad, de la democracia y de la justicia mundial es una de las pruebas más patentes de la falsedad de su libertad, democracia e justicia.

Si de verdad nos sintiéramos vivir, si nos paráramos un instante y nos percatáramos de lo misterioso que es este hecho cotidiano de la vida, entonces nos daría horror aunque solo pensar a la eliminación de otro ser humano

¡Soy yo quien va a morir! Yo, el mismo que está aquí, que vive, que se mueve, que respira, que está sentado frente a esta mesa, la cual se parece a otra mesa, y podría por tanto estar en otra parte; ¡yo, en fin, este yo que toco y siento, y cuyo vestido forma los pliegues que aquí veo!V Hugo

 

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