Hace unos años compré en la librería que está enfrente de la Universidad de Milán el libro de Max Stirner, El único y su propiedad. Stirner lo publicó en 1844 y el título no podría ser más acertado ya que fue su única obra original.

Se considera un libro “maldito” porque en estas páginas se encuentra una de las apologías más radicales y despiadadas del egoísmo anarquista. Sin embargo, parece que Johann Kaspar Schmidt –su nombre de pila– pensaba una cosa y hacía otra: afortunadamente sus acciones no reflejaban sus ideas.

La vida editorial de Stirner cuenta con otra publicación muy interesante: una traducción. ¿Qué libro podía atraer la atención de tal defensor radical del egoísmo? La riqueza de las naciones de Adam Smith, es decir, la biblia del capitalismo desenfrenado. Stirner vio en este escrito la aplicación económica de sus teorías. Una frase como esta:

No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interésA. Smith

no podía evidentemente dejarlo indiferente ya que traducía en carne, pan y cerveza su ideal egoísta:

El niño era realista, embarazado por las cosas de este mundo, hasta que llegó poco a poco a penetrarlas. El joven es idealista, ocupado en sus pensamientos, hasta el día en que llega a ser hombre egoísta que no persigue a través de las cosas y de los pensamientos más que el gozo de su corazón y pone por encima de todo su interés personalM. Stirner

Leyendo las páginas pedantes y llenas de repeticiones de El único surgió en mi cabeza una pregunta: «¿Cómo es posible que en toda la obra de Nietzsche no se encuentre ni una referencia a Stirner?». Las similitudes entre el profeta del nihilismo y este egoísta empedernido son muchas. Cabría la posibilidad de que Nietzsche desconociera esta obra, ¡pero no! El ensayo de Roberto Calasso que se encuentra al final de mi libro desvela que Nietzsche conocía perfectamente el libro de Stirner porque:

  • se lo aconsejó a Adolf Baumgartner, su discípulo preferido;
  • en dos ocasiones habló de El único con Ida Overbeck, es decir, la mujer de su gran amigo Franz, y le confesó que «no habría tenido que hablarte de esto porque un día me acusarán de plagio».
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