Acabo de terminar de leer Pureza, la última novela de Jonathan Franzen. Estamos hablando de casi 650 páginas que me he leído hasta el final porque no me gusta dejar nada a medias y porque escuché que Franzen es una ventana abierta hacia el mundo de los “millennials”, un universo que me interesa mucho.

Bien. Suponiendo que efectivamente Pureza refleje una parte del ecosistema de las nuevas generaciones, entonces me considero completamente afortunado por ser un viejo hombre, nacido antes de la caída del muro de Berlín y de la dictadura de internet. Si este es el mundo millennial, entonces es una mierda colosal.

Pureza es una máquina para el vacío: sorprende como es posible juntar centenares de páginas para no decir absolutamente nada. Es un coctel de novela romántica, policíaca y negra con un toque de filosofía barata, todo salpimentado con el indefectible erotismo que enamora a los adolescentes.

Conclusión: pensándolo bien quizá Belén Esteban tiene algo más que decir que Mr. Franzen.

P.S: en medio de la nada, incluso la más pequeña luz de inteligencia brilla como el sol de verano al mediodía. De vez en cuando en Pureza se encuentran consideraciones acerca de la nueva sociedad tecnocrática y de los nuevos medios de comunicación que me parecen tener una pizca de sensatez:

Si sustituías la palabra “socialismo” por “redes”, tenías internet. Las plataformas que competían en ella coincidían en su ambición de definir todos los términos de tu existenciaJ. Franzen

 

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