El ruido y la furia es una obra tan difícil como extraordinaria. Muchos abandonan su lectura por la excesiva complejidad del texto; otros –los que consiguen acabarla– arrojan el libro a las llamas o celebran con entusiasmo una new entry en el palmarés de sus lecturas favoritas. Yo me balanceo burguesamente en el medio. Por un lado, de hecho, me resulta indigesto el stream of consciousness, el estilo con el que Faulkner ha escrito esta novela. No lo soporto porque obliga a leer una y otra vez la misma frase para entender su significado y creo que se podría alcanzar el mismo resultado –es decir, una descripción fidedigna de la vida de conciencia– utilizando las normas tradicionales de la composición. Por el otro, sin embargo, me parece un texto magistral que obliga el lector a vérselas con el fondo más escondido de nuestro ser: el tiempo. Éste, de hecho, es el único y verdadero protagonista de El ruido y la furia. Intentar ordenar las vicisitudes de la familia Compson es un ejercicio interesante, pero también superficial. El punto no es la idiotez de Benjy, la promiscuidad de Caddy o el egoísmo exacerbado de Jason, sino la vida humana condenada a un tiempo sin futuro y por tanto a una existencia sin posibilidad.

Los Compson son el hombre moderno, aquel que se despierta sacudido por una guerra mundial (dos en nuestro caso) y por una crisis financiera sin precedentes (el crac de Wall Street del 29 o la burbuja que nos ha explotado en la cara en estos últimos años), el hombre que ha perdido los valores tradicionales (los de la generación anterior a la de Jason –el padre– y Caroline –la madre–) y que se acomoda en el fondo del pozo porque ya no hay nada que hacer.

¿Qué tiempo es el de los Compson? Faulkner llena los cuatro capítulos que componen esta novela con constantes referencias a los relojes o a los tañidos de las campanas, es decir, a aquellos instrumentos que marcan el paso del “tiempo”. Sin embargo, el tiempo cronométrico, el que ordena las frases en un antes y un después, que dispone los acontecimientos en su orden de causa y efecto, no es el tiempo verdadero, no es el tiempo que vivimos, no es el tiempo de nuestra conciencia y por tanto de nuestra vida:

Padre decía que los relojes asesinan el tiempo. Él dijo que el tiempo está muerto mientras es recontado por el tictac de las ruedecillas; solo al detenerse el reloj vuelve el tiempo a la vida.

Ahora se entiende mejor por qué Faulkener decidió utilizar el stream of consciousness: pasado, presente y futuro se hacinan en nuestra conciencia sin nunca seguir el tiempo de los relojes. La narración de nuestra vida, tal y como se nos da, mezcla el antes y el después, dilata y estrecha las duraciones, nos presenta algo del pasado remoto como si acabara de pasar y viceversa. Hay instantes que parecen eternos y semanas que pasan en un segundo; hay historias que nos marcan a fuego (“lo recuerdo como si hubiera sido ayer”) y otras en las que estábamos sin estar (¿cuántas veces nos olvidamos el nombre de la persona que acabamos de conocer inmediatamente después de las presentaciones?).

Ahora bien, este tiempo de la vida es para Faulkner un tiempo sin futuro. Los Compson son héroes trágicos en los que el pasado ha ya determinado todo el porvenir: Edipo matará a su padre y se acostará con su madre, Quentin se suicidará, la pequeña Miss Quentin será promiscua como su madre («la sangre es la sangre y no se puede evitar») y Jason tendrá que acosar a su sobrina:

Veía las fuerzas opuestas de su destino y de su voluntad confluir ahora velozmente, hacia una conjunción que sería irrevocable; pensó con cautela. No puedo meter la pata, se dijo. Solo existía algo cierto, sin otra alternativa: debía hacerlo.

¿Qué es el presente? Lo dijo Machbet: «una sombra en marcha […] un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada». El presente es el tiempo de Benjy, para quien los acontecimientos afloran y desaparecen como pompas de jabón, sin ninguna distinción temporal y sin sentido alguno. Benjy no tiene memoria porque no tiene tiempo: todo está ahí en la misma presencia viva e insoportable. Para Faulkner este tiempo absurdo es nuestro propio presente: el instante actual surge sin pedirnos el permiso, acontece y ya está, nos golpea, brota de la nada y siempre nos encuentra desprevenidos porque en último término “no nos lo esperábamos”. El ahora es en el fondo siempre sin sentido.

¿Cuál es entonces la diferencia entre Benjy y los demás? El pasado. Éste es lo que permite a los Compson hilar un sentido, recuperar el presente y encajarlo en una biografía familiar que, sin embargo, está ya desde siempre escrita. Los Compson son una historia al pasado, una familia sin futuro o –lo que es lo mismo– una biografía trágica. Un sentido determinado por el pasado es un destino escrito de antemano, una condena. El hombre está en el tiempo como en una cárcel y lo único que puede esperar es olvidarse de ello (por esto Quentin rompe su reloj, arranca las manecillas, y no quiere que el relojero le diga qué hora es). Cuando Jason (el padre) regala el reloj del abuelo a su hijo Quentin, le dice

Quentin te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reducto absurdum de toda experiencia humana adaptándolo a tus necesidades del mismo modo que se adaptó a las suyas o a las de su padre. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles

El tiempo de Faulkner está hecho de presente y de pasado. No hay futuro. Sartre lo vio claramente: «Proust y Faulkner han decapitado [el tiempo], le han despojado de su porvenir, es decir, de la dimensión de los actos y de la libertad»[1]. Ahí donde no hay futuro no hay esperanza ni libertad. El significado humano, aquello que nos permite vivir, aquello que permitiría a los Compson volver a empezar, se juega en el presente mirando hacia delante. ¿Para qué seguir luchando si todo está ya determinado? Si el sentido de lo que hago me precede entonces ¿dónde está mi libertad? ¿Cómo aguanto mi día a día si no puedo cambiar mi destino?

Frente a esta existencia absurda los Compson contestan de manera diferente: la locura (Benjy), el suicidio (Quentin), la auto-conmiseración (Caroline, la madre), el alcohol (Jason, el padre), la violencia y el odio (Jason, el hijo), la diversión y el placer (Caddy y Miss Quentin). Son caminos diferentes que, sin embargo, desembocan todos en el mismo puerto: la nada.

El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre. El hombre la suma de lo que te dé la gana. Un problema de propiedades impuras tediosamente arrastrado hacia una inmutable nada: jaque mate de polvo y deseo.

Y sin embargo, detrás de todo, Faulkner presenta tímidamente una alternativa: Dilsey, la sirvienta negra de los Compson. Ella es la única que –como escribe Faulkner en el apéndice– “perseveró”. Esto se puede interpretar como una manera estoica de aguantar lo que acontece, sin expectativas ni esperanza. Como Sísifo o Atlas, también Dilsey aguantaría el naufragio de los Compson con remisiva aceptación, sometiéndose pasivamente al destino. Pero esta interpretación no me acaba de convencer. ¿Por qué aguantar? ¿En virtud de qué? ¿Por qué no rebelarse? ¿Por qué Dilsey se esfuerza constantemente de poner un poco de orden y paz en esta familia condenada al caos? Para mí la respuesta está clara: su punto de mira es el futuro. Ella es la única cuya existencia está proyectada hacia delante, esperando y creyendo en un destino bueno que le permite recomenzar a luchar una y otra vez.

El cuarto y último capítulo de la novela narra los acontecimientos del 8 de abril de 1928, domingo de Resurrección. Dilsey, tras escuchar el sermón del predicador acerca del Juicio Final, al salir de misa se conmueve y –probablemente pensando en los Compson– afirma: «he visto el principio y ahora veo el final». Llora porque ellos se perdieron, no tenían «la sangre y la memoria del Cordero». Ella, al contrario, “persevera”, vive creyendo en un juicio final y en una resurrección en los que toda la historia, todo el tiempo se recopilan y en virtud de los que todo presente asume un significado bueno, todo cúmulo de ruido y furia –como Benjy– adquiere por fin un sentido:

Pero tú eres una criatura de Dios. Y yo también, alabado sea Jesús. Ven.

[1] J.-P. Sartre, A propos de “Le bruit et la fureur”. La temporalité chez Faulkner.

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